LA ARQUITECTURA POPULAR, PARADIGMA DE SOSTENIBILIDAD

El momento actual del diseño arquitectónico, después de unos treinta años de frenética carrera en búsqueda de formas innovadoras, con nuevos lenguajes, nuevas formas de representación,  nuevos materiales, no resuelve el problema de la sostenibilidad y el ahorro energético de una forma clara, basada en una profunda reflexión sobre los conceptos de ahorro energético, y sobre todo de cambios en las formas de habitar y convivir.

Nuestros edificios consumen casi la mitad del total energético mundial, tanto en la construcción como en su utilización.[1] Las políticas de ahorro energético reguladas, por ejemplo en el Código Técnico de la Edificación, solucionan una parte del problema, incrementando el coste de la construcción un 20 %, no evaluando en ningún momento las emisiones de CO2 que generan la fabricación del colector solar y el depósito intercambiador para el agua caliente sanitaria, la placa fotovoltaica o las innumerables rejillas de ventilación y chimeneas motorizadas de ventilación. Estas emisiones son con toda seguridad, mayores que las que una familia emitiría consumiendo energías provenientes del petróleo, durante la vida útil de dichos mecanismos.

Detrás de toda la campaña mediática sobre “ecologismo, bioclimatismo o sostenibilidad”, ¿no estarán las grandes empresas energéticas o empresas relacionadas con lo “eco”? Preguntémonos por el lento desarrollo del coche eléctrico, los motores de hidrógeno,  los molinos eólicos, ¿verdadera sostenibilidad o un lucrativo negocio puntual?

Existe pues un engaño ecológico, ya que no se cuantifican las emisiones de CO2 que generan la fabricación de los artilugios de “ahorro energético”, ni su periodo de amortización, ni sus costes de mantenimiento, y por supuesto no se estudian su integración en el entorno o en el edificio, siendo objetos extraños en nuestros tejados, en nuestros paisajes.

Desde la crisis del petróleo en los años 70, se investiga en el bioclimatismo en la arquitectura, con múltiples experiencias a nivel de prototipos, que nunca se han llegado a integrar en el mercado global de la edificación, ni siquiera, se han podido implantar de forma normativa, alguna de las soluciones de arquitecturas pasivas, en nuestra vida cotidiana.

Por lo que se siguen levantando edificios con muros cortina, en climas continentales, mal orientados, que provocan un efecto invernadero dentro del edificio, se abren grandes ventanales sin protección en bloques de vivienda, no se cuidan las ventilaciones cruzadas en las distribuciones, ni las verticales, etc…

Dentro de este panorama falseado y sin experiencias que podamos comprobar a largo plazo, quiero aportar una mirada sin complejos hacia nuestro entorno más próximo, el entorno rural, y más en concreto hacia las formas de vida de hace unos sesenta años, formas de habitar de la cultura popular.

Este pasado, despreciado por el “progreso”, que define como primitivo, obsoleto, rancio y cerrado a una tradición, puede ilustrarnos en como formar ecosistemas sostenibles, simplemente basados en una experiencia milenaria. Una legislación se puede equivocar, las experiencias e investigaciones se cuantifican por sus errores, solo el tiempo puede dar firmeza y veracidad a las hipótesis que planteamos en estos años de pruebas continuas.

Pero nuestra arquitectura popular nos ofrece una experiencia y una evolución tan extensa en el tiempo, que no podemos encontrar muchos errores en su funcionamiento e integración con el medio, ya que ha convivido con la naturaleza cientos de años, sin degradar sus entornos, creando lentamente, pero de una forma sostenible, hábitat humanos, que nos han llegado hasta nuestros días, casi siempre parciales y transformados.

Obtengamos de estas tipologías constructivas, la máxima información, para integrarlas en nuestros edificios, y por supuesto, no me refiero a copiar la zapata de madera o el pie derecho, el balaustre o el canecillo del alero en nuestros edificios nuevos, esto sería utilizar elementos particulares como pastiches, integrándolos en un edificio conceptualmente distinto al lenguaje formal que suponen estos elementos. Lastimosamente esta práctica es muy habitual en nuestras viviendas unifamiliares o en el turismo rural, buscando una imagen engañosa de lo que hay detrás.

Me refiero a examinar sus elementos, ya sean porches, zaguanes, patios, galerías cubiertas, corrales, dependencias de almacenaje, cuartos vivideros, cámaras, huecos, proporciones, orientaciones, materiales y técnicas constructivas.

Todo un mundo de soluciones destinadas a una forma de vida natural, autosuficiente, sin un alto consumo energético, pero asegurando un confort mínimo para el usuario, una calidad de vida y un refugio como defensa ante un clima severo, y que no sabemos hasta donde puede llegar, en sus saltos térmicos.

La permacultura, es el diseño de habitats humanos sostenibles, mediante el seguimiento de los patrones de la naturaleza, basada en una ética de la sostenibilidad, en principios ecológicos y en patrones o planes de acción optimizando los recursos. Planteada como teoría con la crisis del petróleo, trataba de frenar la reducción de la biodiversidad por el envenenamiento de la tierra y del agua, creando sistemas agrícolas estables.[2]

Estos pensamientos, me sirven de principio para defender las tipologías arquitectónicas populares como símbolos de biodiversidad constructiva, frente a la globalización del diseño arquitectónico, con el que se pierde nuestra riqueza cultural.

Frente a la imposición del vidrio de altas prestaciones, el hormigón y el acero, como base constructiva mundial, me hago antisistema, y propongo la búsqueda del diseño utilizando materiales “low cost”, y técnicas manuales, que produzcan edificios de muy bajo coste energético y de alto coste social.

Si los millones de parados, subempleados, subsidiados, prejubilados y estudiantes, se educasen en formas de vida alternativas a la global, simplemente preguntando a sus abuelos, y se recuperasen las formas de convivencia, los patrones con los que relacionarnos, las formas de alimentación, de producción de alimentos, los oficios, las artesanías, etc, etc, se conseguiría frenar el consumismo, y ocupar nuestro tiempo en crear una riqueza alternativa, que podría florecer rápidamente en los entornos rurales y periféricos, para llegar a reconvertir, más tarde, nuestros núcleos urbanos.

Una construcción popular exige un buen uso y un buen mantenimiento, antes de ofrecer una casa sostenible, hay que educar al usuario, por lo que sería mucho más directo que el usuario se construyese su casa o colaborase en el proceso constructivo, como han sido construidos a lo largo de cientos de años, nuestros pueblos.

Debemos conocer los materiales base de estos edificios, la piedra, el barro y la madera, además del yeso y la cal, como complemento. Conocer técnicas como el tapial, el adobe, los muros de paja revocados con barro, la carpintería de armar, las cubiertas vegetales o las de barro cocido. Conocimientos muy simples y efectivos que debemos utilizar en el mantenimiento del edificio.

Pero no solo con técnicas tradicionales podemos levantar edificios que nos cubran las necesidades actuales, debemos diseñar nuestro estilo de vida, de convivencia y relación con el medio físico que nos rodea.

Afortunadamente no tenemos que inventarnos un sistema de vida, lo tenemos cercano, rebuscando en nuestra historia, en nuestra etnografía. Pero debemos conseguir adaptarlo a los nuevos tiempos, y hacerlo convivir con la sociedad tecnológica. Este el gran reto, retomar lo mejor de nuestros antepasados y filtrar lo mejor del sistema de globalización actual.

Y este diseño vital, es el más importante en una transformación social. Los modos de alimentación sostenibles, se basan en un autoconsumo de productos locales, plantados en los huertos particulares o colectivos cercanos a la residencia. Evitando el transporte de los mismos a largas distancias, la intermediación de grandes superficies de venta, de grandes almacenes frigoríficos que especulen con su valor.

Los modos de trabajar, evitando desplazamientos, utilizando talleres locales, teletrabajo en principio, evolucionando hacia un trabajo independiente de las grandes empresas.

Un consumo que no produzca residuos, minimizando los embalajes. Lo primero que debemos diseñar es un carrito para la compra, y dejar todos los embalajes en el supermercado, con lo que evitaríamos llevar a casa muchos kilos de plásticos.

Reciclar nuestros residuos orgánicos y utilizarlos como abono de nuestro huerto urbano o rural. Diseñemos pues nuestros edificios con terrazas abiertas para contener nuestros mini-huertos de autoconsumo, abastecidos por agua de lluvia, de la cisterna o de la ducha, y abono de nuestros inodoros y de nuestros residuos.

Diseñemos cocinas solares, captadores solares artesanales, con materiales de reciclaje. Edificios bien aislados, con soluciones de huecos al sur, protegidos de parasoles, o con el uso tradicional manchego del porche, como protector y como espacio intermedio entre el exterior y el interior.

Utilicemos huecos pequeños, suficientes para una iluminación y ventilación de dormitorios y estancias refugio. Las actividades de la casa se pueden realizar en espacios semiabiertos, en los que podamos convivir con el clima, favoreciéndonos del aire libre.

No podemos diseñar huecos sin protección, y mal orientados, al norte deben ser mínimos y al oeste también, sobre todo en la Mancha.

Y sobre todo la figura del patio, como elemento clave en el confort climático para el verano, o la sucesión de patios, pequeños, donde se abra la vivienda, donde se conviva.

Toda una riqueza que se está perdiendo día a día, al igual que se pierden las especies de flora y fauna en el planeta, y los laboratorios farmacéuticos corren detrás de los chamanes en las selvas, buscando las plantas y semillas que todavía quedan, alarmados por el fin de la biodiversidad. También nuestros investigadores en construcción y diseño, deberían sentarse al lado de un buen hogar y preguntar al abuelo, como se hacía ese barro, ese tapial….

El diseño de nuestros edificios, de nuestro entorno urbano, de nuestros utensilios, transportes, vestimentas, mobiliario y en definitiva del paisaje social, deberá ser acorde al de nuestras formas de convivencia y de relación con el medio que propongamos como sostenibles.

Por tanto los principios básicos deben basarse en los patrones sociales, que retomaremos de nuestro folklore, de las formas de vida que la etnología nos aporta. Como se educaba, como se relacionaban nuestros abuelos, como celebraban, como trabajaban, como vestían, como se alimentaban, domo habitaban y como convivían con el medio.

Este nuevo mundo que debe aproximarse a un mundo más natural, más lento, en el que el individuo no prevalezca sobe el conjunto, se debe apoyar en algunos logros de la globalización, tales como la comunicación total, la red de redes, acelerante para la implantación de las ideas, probarlas y comprobar errores, utilizando el método científico.

En conclusión, esta incompleta reflexión, me gustaría que tuviese una impronta práctica, para los que formamos parte del diseño del hábitat edificatorio. Propongo unos principios basados en las esencias de la arquitectura popular:

Biodiversidad tipológica de los edificios, adaptándose al medio, al usuario específico, a la economía del constructor.

Edificio como refugio, protección frente al clima.

Vivienda, complejo de espacios, internos individuales, de transición y convivencia familiar, semiabiertos de convivencia social, de relación con el entorno, espacios para el trabajo, para almacenaje, para el huerto, para el solaz.

Materiales naturales, comprobados por la historia, que no afecten a nuestro organismo de forma negativa.

Sostenible en cuanto a su austeridad, por su autoconstrucción y automantenimiento, por su autonomía de uso, autonomía energética y autonomía de residuos. El edificio debe ser biodegradable, como es la casa popular de piedra o tapial.

Integración en el paisaje, en la urbe, con los lenguajes formales apropiados. Formas libres, orgánicas, funcionales y austeras.

Técnicas y materiales conocidas por el usuario, posibles a la autoconstrucción, independientes del especialista.

Si el homo-sapiens sobrevive a la historia, adaptándose al medio, conociéndolo, el homo-tecnológico sobrevive sin conocer la técnica de los elementos que lo rodean, necesitando de otros para sobrevivir, si falta el fontanero, electricista o antenista, no podemos habitar. Somos seres dependientes, en la era de la información total, seguimos huérfanos del saber vivir. Si nos definen desde el exterior seríamos seres contaminantes, autodestructivos, y sobre todo incapaces de habitar el medio por nosotros mismos, dependientes, enfermos y alterados.

Comencemos a cambiar la tendencia, comamos alimentos biológicos, evitemos el exceso de radiaciones electromagnéticas, vistamos tejidos naturales, escuchemos a los mayores, habitemos en contacto con materiales naturales, y disfrutemos de los ciclos de la naturaleza en nuestros hogares y trabajos. Busquemos relaciones sociales positivas, creativas y productivas.

Bibliografía:

  1. AA. Arquitectura bioclimática. Colegio de Arquitectos de Castilla-La Mancha y JCC-M. Toledo. 2001

SERRA, M. Clima, lugar y arquitectura. CIEMAT.

YAÑEZ, GUILLERMO. Arquitectura solar. MOPU. Madrid. 1988

SERRA FLORENSA, R. Y COCH ROURA, H. Arquitectura y energía natural. Ed. UPC. Barcelona. 1995.

[1] BEHLING, SOPHIA Y STEFAN. SOL POWER. La evolución de la arquitectura sostenible. Gustavo Gili. Barcelona. 2002. Pág. 231

[2] BILL MOLLISON & DAVID HOLMGREN. Permaculture One. Tagari Press. Australia. 1978.

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